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Editorial Número 183
“Facta homini vestigia sui sunt” (los hechos del hombre son su testimonio) y en el mundo TIC revela también el hombre sus propios límites, se espeja, se pierde y se vuelve a encontrar.
Así dibuja su imagen la portada de esta edición: Nuestro cerebro y “nuestros” bits. Lo humano en lo tecnológico. Y lo tecnológico definiendo lo humano.
Es esta una nueva y riquísima edición de Entelequia que podría tener por título, si se tratase de poner uno, algo que rezase así: “De lo humano en lo tecnológico”. Pues este concepto es el que amalgama distintas columnas de esta edición: las de Guillermo Jaín Etcheverry, Norberto Heyaca, Luis Perazo y Francisco Albarello. Lo curioso y mágico de esto, es que esta confluencia conceptual no fue planteada como línea editorial previa. La hallé como suelo, como fundamento tácito sobre el que se erigían los textos, desplegando distintas arquitecturas pero apoyados en la misma base:
El ser humano como hacedor del mundo TIC.
Pues es cierto: “Facta homini vestigia sui sunt” (los hechos del hombre son su testimonio) y en el mundo TIC revela también el hombre sus propios límites, se espeja, se pierde y se vuelve a encontrar.
Así dibuja su imagen la portada de esta edición: Nuestro cerebro y “nuestros” bits. Lo humano en lo tecnológico. Y lo tecnológico definiendo lo humano.
La cultura, la interpretación del mundo y el lenguaje que lo expresa, determina lo tecnológicamente posible, afirma Norberto Heyaca. Y como en un juego de ida y vuelta, esa misma tecnología nos insta a redefinir el concepto de qué es para nosotros existir hoy, como pregunta Jaim Etcheverry en su columna.
¿Curiosa coincidencia? Tal vez no tanto. Quizás sea este el tema central de reflexión de nuestro tiempo en busca de un horizonte que ilumine y signifique lo emergente.
Si llevamos nuestros hábitos de lectura en papel a la lectura en soporte electrónico, como surge del estudio de Albarellos, es también porque llevamos lo que somos a lo nuevo que hacemos.
Pero aún portando inexorablemente lo que traemos en todo nuestro quehacer, estamos viviendo acelerados cambios en la distribución y construcción del conocimiento.
Desde los oscuros claustros donde se reproducían, bajo la tenue luz de unas velas y con cuidada caligrafía, uno a uno los volúmenes de la ciencia y las letras en el medievo, hasta la web 2.0 y otros modos de comunicación de que disponemos hoy, se han multiplicado exponencialmente la producción y el consumo del saber
Hay de la mano de esta multiplicación, un cambio grande en ciernes sobre la distribución del poder y el sentido de pertenencia de los individuos.
Y este cambio lo vemos día a día y podemos leerlo, si somos perspicaces, entre las líneas de las noticias que difunden los medios. Un Wikileak que despierta resquemores de los gobiernos al “revelar” secretos, me hace reflexionar, más que sobre el caso en sí, sobre la mutación del concepto de aquello que puede ser sostenido como “lo secreto”. La inmediatez de la comunicación, la interconexión de millones de personas en red erosiona los cimientos de la distribución actual del poder y del “secreto” sobre el que, en cierto modo, se funda. Es este un dato de la realidad con el que hay que contar.
La vida “privada” se hace “pública” en las redes sociales, se comparte. Prácticamente todo es publicable. ¿Cómo se sostiene, con este ánimo común que valora “publicar”, el criterio de “lo secreto” de los gobiernos como valor para tomar decisiones que, de un modo u otro, nos involucran?
Cuando surgió la imprenta, derramó conocimientos hasta entonces inaccesibles a una gran masa de individuos. Y facilitó a su vez, la creación de nuevos contenidos, al multiplicar lectores y productores de saber. Hoy estamos viviendo una nueva revolución, donde se construye y comparte el conocimiento de modo grupal.
Todos estos signos muestran que nos vemos enfrentados a un cambio rotundo que ha de modificar, al decir de Ortega, nuestra “creencia” básica. El estigma de nuestro tiempo es que esta modificación se da de un modo vertiginoso.
Saber leer estos datos de la realidad y actuar en consonancia, no es fácil para ninguno de nosotros. No nos es fácil ni como individuos, ni como padres, ni como educadores, ni como gobiernos. Estos son los nuevos vientos que soplan y arrasan. Tendremos que ser, cada uno desde nuestro lugar, capaces de trimar nuestras velas del mejor modo posible para navegar las aguas de nuestro tiempo.
Hasta la próxima
Juliette Massouh
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